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segunda-feira, 15 de abril de 2013

CARTA COLECTIVA DEL EPISCOPADO ESPAÑOL AL MUNDO ENTERO CON MOTIVO DE LA GUERRA DE ESPAÑA 1937

1º. Razón de este documento; 2º. Naturaleza de esta carta; 3º. Nuestra posición ante la guerra; 4º. El quinquenio que precedió a la guerra; 5º. El alzamiento militar y la revolución comunista; 6º. Caracteres de la revolución comunista; 7º. El movimiento nacional: sus caracteres; 8º. Se responde a unos reparos; 9º. Conclusión 
VENERABLES HERMANOS:
1º. Razón de este documento
Suelen los pueblos católicos ayudarse mútuamente en días de tribulación, en cumplimiento de
la ley de caridad de fraternidad que une en un cuerpo místico a cuantos comulgamos en el
pensamiento y amor de Jesucristo. Órgano natural de este intercambio espiritual son los
Obispos, a quien puso el Espíritu Santo para regir la Iglesia de Dios. España, que pasa una de
las más grandes tribulaciones de su historia, ha recibido múltiples manifestaciones de afecto y
condolencias del Episcopado católico extranjero, ya en mensajes colectivos, ya de muchos
Obispos en particular. Y el Episcopado español, tan terriblemente probado en sus miembros,
en sus sacerdotes y en sus Iglesias, quiere hoy corresponder con este Documento colectivo a
la gran caridad que se nos ha manifestado de todos los puntos de la tierra.
Nuestro país sufre un trastorno profundo: no es sólo una guerra civil creuntísima la que nos
llena de tribulación; es una conmoción tremenda la que sacude los mismos cimientos de la
vida social y ha puesto en peligro hasta nuestra existencia como nación. Vosotros los habéis
comprendido, Venerables Hermanos, y "vuestras palabras y vuestro corazones nos han
abierto" diremos con el Apóstol, dejándonos ver las extrañas de vuestra caridad para con
nuestra patria querida. Que Dios os lo premie.
Pero con nuestra gratitud, Venerables Hermanos, debemos manifestaros nuestro dolor por el
desconocimiento de la verdad de lo que en España ocurre. Es un hecho, que nos consta por
documentación copiosa, que el pensamiento de un gran sector de opinión extranjera está
disociado de la realidad de los hechos ocurridos en nuestro país. Causas de este extravió
podría ser el espíritu anticristiano, que ha visto en la contienda de España una partida decisiva
en pro o contra de la religión de Jesucristo y la civilización cristiana; la corriente opuesta de
doctrinas políticas que aspiran a la hegemonía del mundo; la labor tendenciosa de fuerzas
internacionales ocultas; la antipatria, que se ha valido de españoles ilusos que, amparándose
en el nombre de católicos, han causado enorme daño a la verdadera España. Y lo que más
nos duele es que una buena parte de la prensa católica extranjera haya contribuido a esta
desviación mental, que podría ser funesta para los sacratísimos intereses que se ventilan en
nuestra patria.
Casi todos los Obispos que suscribimos esta Carta hemos procurado dar a su tiempo la nota
justa del sentido de la guerra. Agradecemos a la prensa católica extrajera el haber hecho suya
la verdad de nuestras declaraciones, como lamentamos que algunos periódicos y revistas, que
debieron (pf) ser ejemplo de respeto y acatamiento a la voz de los Prelados de la Iglesia, las
hayan combatido o tergiversado.
http://www.mercaba.org/CEE/carta_colectiva_del_episcopado_e.htm 30/06/2008Ello obliga al Episcopado español a dirigirse colectivamente a los Hermanos de todo el mundo,
con el único propósito de que resplandezca la verdad, oscurecida por ligereza o por malicia, y
nos ayude a difundirla. Se trata de un punto gravísimo en que se conjugan no los intereses
políticos de una nación, sino los mismos fundamentos providenciales de la vida social: la
religión, la justicia, la autoridad y la libertad de los ciudadanos.
Cumplimos con ello, junto con nuestro oficio pastoral- que importa ante todo el magisterio de la
verdad - con un triple deber de religión, de patriotismo y de humanidad. De religión, porque,
testigos de las grandes prevaricaciones y heroísmo que han tenido por escena nuestro país,
podemos ofrecer al mundo lecciones y ejemplos que caen dentro de nuestro ministerio
episcopal y que habrán de ser provechosos a todo el mundo; de patriotismo, porque el Obispo
es el primer obligado a defender el buen nombre de su patria "terra patrum", por cuanto fueron
nuestros venerables predecesores los que formaron la nuestra, tan cristiana como es,
"engendrando a sus hijos para Jesucristo por la predicación del Evangelio"; de humanidad,
porque, ya que Dios ha permitido que fuese nuestro país el lugar de experimentación de ideas
y procedimientos que aspiran a conquistar el mundo, quisiéramos que el daño se redujese al
ámbito de nuestra patria y se salvaran de la ruina de las demás naciones.
2º. Naturaleza de esta carta
Este Documento no será la demostración de una tesis, sino la simple exposición, a grandes
líneas, de los hechos que caracterizan nuestra guerra y la dan su fisonomía histórica. La
guerra de España es producto de la pugna de ideologías irreconciliables; en sus mismos
orígenes se hallan envueltas gravísimas cuestiones de orden moral y jurídico, religioso e
histórico. No sería difícil el desarrollo de puntos fundamentales de doctrina aplicada a nuestro
momento actual. Se ha hecho ya copiosamente, hasta por algunos de los Hermanos que
suscriben esta Carta. Pero estamos en tiempos de positivismo calculador y frío y,
especialmente cuando se trata de hechos de tal relieve histórico como se han producido en
esta guerra, lo que se quiere - se nos ha requerido cien veces desde el extranjero en este
sentido - son hechos vivos y palpitantes que, por afirmación o contraposición, den la verdad
simple y justa.
Por esto tiene este Escrito un carácter asertivo y categórico de orden empírico. Y ello en sus
dos aspectos: el de juicio que solidariamente formulamos sobre la estimación legítima de los
hechos; y el de afirmación "per oppositum", con que deshacemos, con toda caridad, las
afirmaciones falsas o las interpretaciones torcidas con que haya podido falsearse la historia de
este año de vida de España.
3º. Nuestra posición ante la guerra
Conste antes que todo, ya que la guerra pudo preverse desde que se atacó ruda e
inconsideradamente al espíritu nacional, que el Episcopado español ha dado, desde el año
1931, altísimos ejemplos de prudencia apostólica y ciudadana. Ajustándose a la tradición de la
Iglesia y siguiendo las normas de la Santa Sede, se puso resueltamente al lado de los poderes
constituidos, con quienes se esforzó en colaborar para el bien común. Y a pesar de los
repetidos agravios a personas, cosas y derechos de la Iglesia, no rompió su propósito de no
alterar el régimen de concordia de tiempo atrás establecido. "Etiam dyscolis": A los vejámenes
respondimos siempre con el ejemplo de la sumisión leal en lo que podíamos; con la protesta
grave, razonada y apostólica cuando debíamos; con la exhortación sincera que hicimos
reiteradamente a nuestro pueblo católico a la sumisión legitima, a la oración, a la paciencia y a
la paz. Y el pueblo católico nos secundó, siendo nuestra intervención valioso factor de
concordancia nacional en momentos de honda conmoción social y política.
Al estallar la guerra hemos lamentado el doloroso hecho, más que nadie, porque ella es
siempre un mal gravísimo, que muchas veces no compensan bienes problemáticos, porque
nuestra misión es de reconciliación y de paz: "Et in terra pax". Desde sus comienzos hemos
tenido las manos levantados al cielo para que cese. Y el pueblo católico repetimos la palabra
de Pío XI, cuando el recelo mutuo de las grandes potencias iba a desencadenar otra guerra
sobre Europa: "Nos invocamos la paz, bendecimos la paz, rogamos por la paz". Dios nos es
testigo de los esfuerzos que hemos hecho para aminorar los estragos que siempre son su
cortejo.
Con nuestros votos de paz juntamos nuestro perdón generoso para nuestros perseguidores y
http://www.mercaba.org/CEE/carta_colectiva_del_episcopado_e.htm 30/06/2008nuestros sentimientos de caridad para todos. Y decimos sobre los campos de batalla y a
nuestros hijos de uno y otro bando la palabra del apóstol: "El Señor sabe cuánto os amamos a
todos en las entrañar de Jesucristo".
Pero la paz es la "tranquilidad del orden, divino, nacional, social e individual, que asegura a
cada cual su lugar y le da lo que le es debido, colocando la gloria de Dios en la cumbre de
todos los deberes y haciendo derivar de su amor el servicio fraternal de todos". Y es tal la
condición humana y tal el orden de la Providencia- sin que hasta ahora haya sido posible
hallarle sustitutivo- que siendo la guerra uno de los azotes más tremendos de la humanidad,
es a veces el remedio heroico, único, para centrar las cosas en el quicio de la justicia y
volverlas al reinado de la paz. Por esto la Iglesia, aun siendo hija del Príncipe de la Paz,
bendice los emblemas (pf) de la guerra, ha fundado las Ordenes Militares y ha organizado
Cruzadas contra los enemigos de la fe.
No es este nuestro caso. La Iglesia no ha querido esta guerra ni la buscó, y no creemos
necesario vindicarla de la nota de beligerante con que en periódicos extranjeros se ha
censurado a la Iglesia en España. Cierto que miles de hijos suyos, obedeciendo a los dictados
de su conciencia y de su patriotismo, y bajo su responsabilidad personal, alzaron en armas
para salvar los principios de religión y justicia cristiana que secularmente habían informado la
vida de la Nación; pero quien la acuse de haber provocado esta guerra, o de haber conspirado
para ella, y aun de no haber hecho cuanto en su mano estuvo para evitarla, desconoce o
falsea la realidad.
Esta es la posición del Episcopado español, de la Iglesia española, frente al hecho de la
guerra actual. Se la vejó y persiguió antes de que estallara; ha sudo víctima principal de la
furia de una de las partes contendientes; y no ha cesado de trabajar, con su plegaria, con sus
exhortaciones, con su influencia, para aminorar sus daños y abreviar los días de prueba.
Y si hoy, colectivamente, formulamos nuestro veredicto en la cuestión complejísima de la
guerra de España, es, primero, porque, aun cuando la guerra fuese de carácter político o
social, ha sido tan grave su represión de orden religioso, y ha aparecido tan claro, desde sus
comienzos, que una de las partes beligerantes iba a la eliminación de la religión católica en
España, que nosotros, Obispos católicos no podíamos inhibirnos sin dejar abandonados los
intereses de nuestro Señor Jesucristo y sin incurrir el tremendo apelativo de "canes muti", con
que el Profeta censura a quienes, debiendo hablar, callan ante la injusticia; y luego, porque la
posición de la Iglesia española ante la lucha, es decir, del Episcopado español, ha sido
torcidamente interpretada en el extranjero: mientras un político muy destacado, en una revista
católica extranjera la achaca poco menos que a la ofuscación mental de los Arzobispos
españoles, a los que califica de ancianos que deben al régimen monárquico y que han
arrastrado por razones de disciplina y obediencia a los demás Obispos en un sentido favorable
al movimiento nacional, otros nos acusan de temerarios al exponer a las contingencias de un
régimen absorbentes y tiránico el orden espiritual de la Iglesia, cuya libertad tenemos
obligación de defender.
No; esta libertad la reclamamos ante todo, para el ejercicio de nuestro ministerio; de ella
arrancan todas las libertades que vindicamos para la Iglesia. Y; en virtud de ella, no nos
hemos atado con nadie- personas, poderes o instituciones - aun cuando agradezcamos al
amparo de quienes han podido librarnos del enemigo que quiso perdernos, y estemos
dispuestos a colaborar, como Obispos y españoles, con quienes se esfuercen en reinstaurar
en España un régimen de paz y justicia. Ningún poder político podrá decir que nos hayamos
apartado de esta línea, en ningún tiempo.
4º. El quinquenio que precedió a la guerra
Afirmamos, ante todo, que esta guerra la ha acarreado la temeridad, los errores, tal vez la
malicia o la cobardía de quien hubiesen podido evitarla gobernando la nación según justicia.
Dejando otras causas de menor eficiencia, fueron los legisladores de 1931, y luego el poder
ejecutivo del Estado con sus prácticas de gobierno, lo que se empeñaron en torcer
bruscamente la ruta de nuestra historia en un sentido totalmente contrario a la naturaleza y
exigencias del espíritu nacional, y especialmente opuesto al sentido religioso predominante en
el país. La Constitución y las leyes laicas que desarrollaron su espíritu fueron un ataque
violento y continuado a la conciencia nacional. Anulando los derechos de Dios y vejada la
http://www.mercaba.org/CEE/carta_colectiva_del_episcopado_e.htm 30/06/2008Iglesia, quedaba nuestra sociedad enervada, en el orden legal, en lo que tiene de más
sustantivo la vida social, que es la religión. El pueblo español que, en su mayor parte,
mantenía viva la fe de sus mayores, recibió con paciencia invicta los reiterados agravios
hechos a su conciencia por leyes inicuas; pero la temeridad de sus gobernantes había puesto
en el alma nacional, junto con el agravio, un factor de repudio y de protesta contra un poder
social que había faltado a la justicia más fundamental, que es la que se debe a Dios y a la
conciencia de los ciudadanos.
Junto con ello, la autoridad, en múltiples y graves ocasiones, resignaba en la plebe sus
poderes. Los incendios de los templos en Madrid y provincias, en Mayo de 1931, las revueltas
de Octubre de 1934, especialmente en Cataluña y Asturias, donde reinó la anarquía durante
dos semanas; le período turbulento que corre en Febrero a Julio de 1936, durante el cual
fueron destruidas o profanadas 411 iglesias y se cometieron cerca de 3000 atentados graves
de carácter político y social, presagiaban la ruina total de la autoridad pública, que se vio
sucumbir con frecuencia a la fuerza de poderes ocultos que mediatizaban sus funciones.
Nuestro régimen político de libertad democrática se desquició, por arbitrariedad del Estado y
por coacción gubernamental que trastocó la voluntad popular, constituyendo una máquina
política en pugna con la mayoría política de la nación, dándose el caso, en las últimas
elecciones parlamentarias, Febrero de 1936, de que, con más de medio millón de votos de
exceso sobre la izquierdas, obtuviesen las derechas 118 diputados menos que el Frente
Popular, por haberse anulado caprichosamente las actas de provincias enteras, viciándose así
en su origen la legitimidad del Parlamento.
Y a medida que se descomponía nuestro pueblo por la relajación de los vínculos sociales y se
desangraba nuestra economía y se alteraba sin tino el ritmo del trabajo y se debilitaba
maliciosamente la fuerza de las instituciones de defensa social, otro pueblo poderoso, Rusia,
empalmando con los comunistas de acá, por medio del teatro y el cine, con ritos y costumbres
exóticas, por la fascinación intelectual y el soborno material, preparaba el espíritu popular para
el estallido de la revolución, que se señalaba casi a plazo fijo.
El 27 de Febrero de 1936, a raíz del triunfo del Frente Popular, el KOMINTERN ruso decretaba
la revolución española y la financiaba con exorbitantes cantidades. El 1º de Mayo siguiente
centenares de jóvenes postulaban públicamente en Madrid "para bombas y pistolas, pólvora y
dinamita para la próxima revolución". El 16 del mismo mes se reunía en la Casa del Pueblo de
Valencia representantes de la URSS con delegados españoles de la III Internacional,
resolviendo, en el 9º de sus acuerdos: "Encargar a uno de los radios de Madrid, el designado
con el número 25, integrado por agentes de policía en activo, la eliminación de los personajes
políticos y militares destinados a jugar un papel de interés en la contrarrevolución". Entre tanto,
desde Madrid a las aldeas más remotas aprendían las milicias revolucionarias la instrucción
militar y se las armaba copiosamente, hasta el punto de que, al estallar la guerra, contaba con
150000 soldados de asalto y 100000 de resistencia.
Os parecerá, Venerables Hermanos, impropia de un Documento episcopal la enumeración de
estos hechos. Hemos querido sustituirlo a las razones de derecho político que pudiesen
justificar un movimiento nacional de resistencia. Sin Dios, que debe estar en el fundamento y a
la cima de la vida social; sin autoridad, a la que nada puede sustituir en sus funciones
creadoras del orden y mantenedora del derecho ciudadano; con la fuerza material al servicio
de los sin Dios ni conciencia, manejados por agentes poderosos de orden internacional,
España debía deslizarse hacia la anarquía, que es lo contrario del bien común y de la justicia y
orden social. Aquí han venido a parar las regiones españolas en que la revolución marxista ha
seguido su curso inicial.
Estos son los hechos. Cotéjense con la doctrina de Santo Tomás sobre el derecho a la
resistencia defensiva por la fuerza y falle cada cual en justo juicio. Nadie podrá negar que, al
tiempo de estallar el conflicto, la misma existencia del bien común, - la religión, la justicia, la
paz -, estaba gravemente comprometida; y que el conjunto de las autoridades sociales y de los
hombres prudentes que constituyen el pueblo en su organización natural y en sus mejores
elementos reconocían el público peligro. Cuanto a la tercera condición (pf) que requiere el
Angélico, de la convicción de los hombres prudentes sobre la probabilidad del éxito, la
dejemos al juicio de la historia: los hechos, hasta ahora, no le son contrarios.
Respondemos a un reparo, que una revista extranjera concreta al hecho de los sacerdotes
http://www.mercaba.org/CEE/carta_colectiva_del_episcopado_e.htm 30/06/2008asesinados y que podría extenderse a todos los que constituyen este inmenso transtorno
social que ha sufrido España. Se refiere a la posible de que, de no haberse producido el
alzamiento, no se hubiese alterado la paz pública: "A pesar de los desmanes de los rojos-
leemos- queda en pie la verdad que si Franco no se hubiese alzado, los centenares o millones
de sacerdotes que han sido asesinados hubiesen conservado la vida y hubiesen continuado
haciendo en las almas la obra de Dios". No podemos suscribir esta afirmación, testigo como
somos da la situación de España al estallar el conflicto. La verdad es lo contrario; porque es
cosa documentalmente probada que en el minucioso proyecto de la revolución marxista que se
gestaba, y que habría estallado en todo el país, si en gran parte de él no lo hubiese impedido
el movimiento cívico-militar, estaba ordenado el exterminio del clero católico, como el de los
derechistas calificados, como la sovietización de las industrias y la implantación del
comunismo. Era por Enero último cuando un dirigente anarquista decía al mundo por radio:
"Hay que decir las cosas tal y como son, y la verdad no es otra que la de que los militares se
nos adelantaron para evitar que llegáramos a desencadenar la revolución".
Quede, pues, asentado, como primera afirmación de este Escrito, que un quinquenio de
continuos atropellos de los súbditos españoles en el orden religioso y social puso en gravísimo
peligro la existencia misma del bien público y produjo enorme tensión en el espíritu del pueblo
español; que estaba en la conciencia nacional que, agotados va los medios legales, no había
más recurso que el de la fuerza para sostener el orden y la paz; que poderes extraños a la
autoridad tenida por legítima decidieron subvertir el orden constituido e implantar
violentamente el comunismo; y, por fin, que por lógica fatal de los hechos no le quedaba a
España mas que esta alternativa: o sucumbir en la embestida definitiva del comunismo
destructor, ya planeada y decretada, como ha ocurrido en la regiones donde no triunfó el
movimiento nacional, o intentar, es esfuerzo titánico de resistencia, librarse del terrible
enemigo y salvar los principio fundamentales de su vida social y de sus características
nacionales.
5º. El alzamiento militar y la revolución comunista
El 18 de Julio del año pasado se realizó el alzamiento militar y estalló la guerra que aún dura.
Pero nótese, primero, que la sublevación militar no se produjo, ya desde sus comienzos, sin
colaboración con el pueblo sano, que se incorporó en grandes masas al movimiento que, por
ello, debe calificarse de cívico-militar; y segundo, que este movimiento y la revolución
comunista son dos hechos que no pueden separarse, si se quiere enjuiciar debidamente la
naturaleza de la guerra. Coincidentes en el mismo momento inicial del choque, marcan desde
el principio la división profunda de las dos Españas que se batirán en los campos de batalla.
Aún hay más: el movimiento no se produjo sin que los que lo iniciaron intimaran previamente a
los poderes públicos a oponerse por los recursos legales a la revolución marxista inminente.
La tentativa fue ineficaz y estalló el conflicto, chocando las fuerzas cívico-militares, desde el
primer instante, no tanto con las fuerzas gubernamentales que intentaran reducirlo como con
la furia desencadenada de unas milicias populares que, al amparo, por lo menos, de la
pasividad gubernamental, encuadrándose en los mandos oficiales del ejército (pf) y utilizando,
a más del que ilegítimamente poseían, el armamento de los parques del Estado, se arrojaron
como avalancha destructora contra todo lo que constituye un sostén en la sociedad.
Esta es la característica se la reacción obrada en el campo gubernamental contra el
alzamiento cívico-militar. Es, ciertamente, un contraataque por parte de las fuerzas fieles al
Gobierno; pero es, ante todo, una lucha en comandita con las fuerzas anárquicas que se
sumaron a ellas y que con ellas pelearán juntas hasta el fin de la guerra. Rusia, lo sabe el
mundo, se injertó en le ejercito gubernamental tomando parte en sus mandos, y fue a fondo,
aunque conservándose la apariencia del Gobierno del Frente Popular, a la implantación del
régimen comunista por la subversión del orden social establecido. Al juzgar de la legitimidad
del movimiento nacional, no podrá prescindirse de la intervención, por la parte contraria, de
estas "milicias anárquica incontrolables" - es palabra de un ministro del Gobierno de Madrid -
cuyo poder hubiese prevalecido sobre la nación.
Y porque Dios es el más profundo, cimiento de una sociedad bien ordenada- lo era de la
nación española- la revolución comunista, aliada de los ejércitos del Gobierno, fue, sobre todo,
antidivina. Se cerraba así el ciclo de la legislación laica de la Constitución de 1931 con la
destrucción de cuanto era cosa de Dios. Salvamos toda intervención personal de quienes no
han militado conscientemente bajo este signo; sólo trazamos la trayectoria general de los
http://www.mercaba.org/CEE/carta_colectiva_del_episcopado_e.htm 30/06/2008hechos.
Por esto se produjo en el alma una reacción de tipo religioso, correspondiente a la acción
nihilista y destructora de los sin-Dios. Y España quedó dividida en dos grandes bandos
militantes; cada uno de ellos fue como el aglutinante de cada una de las dos tendencias
profundamente populares; y a su alrededor, y colaborando con ellos, polarizaron, en forme de
milicias voluntarias y de asistencia y servicios de retaguardia, las fuerzas opuestas que tenían
divida a la nación.
La guerra es, pues, como un plebiscito armado. La lucha blanca de los comicios de Febrero de
1936, en que la falta de conciencia política del gobierno nacional dio arbitrariamente a las
fuerzas revolucionarias un triunfo que no había logrado en las urnas, se transformó, por la
contienda cívico-militar, en la lucha cruenta de un pueblo partido en dos tendencias: la
espiritual, del lado de los sublevados, que salió a la defensa del orden, la paz social, la
civilización tradicional y la patria, y muy ostensiblemente, en un gran sector, para la defensa de
la religión; y de la otra parte, la materialista, llámese marxista, comunista o anarquista, que
quiso sustituir la vieja civilización de España, con todos sus factores, por la novísima
"civilización" de los soviets rusos.
Las ulteriores complicaciones de la guerra no han variado más que accidentalmente su
carácter: el internacionalismo comunista ha corrido al territorio español en ayuda del ejércit to y
pueblo marxista; como, por la natural exigente de la defensa y por consideraciones de carácter
internacional, han venido en ayuda de la España tradicional armas y hombres de otros países
extranjeros. Pero los núcleos nacionales (pf) siguen igual aunque la contienda, siendo
profundamente popular, haya llegado a revestir caracteres de la lucha internacional.
Por esto observadores perspicaces han podido escribir estas palabras sobre nuestra guerra:
"Es una carrera de velocidad entre el bolchevismo y la civilización cristiana". "Una etapa nueva
y tal vez decisiva en la lucha entablada entre la Revolución y el Orden". "Una lucha
internacional en un campo de batalla nacional; el comunismo libra en la Península una
formidable batalla, de la que depende la suerte de Europa".
No hemos hecho más que un esbozo histórico, del que deriva esta afirmación: El alzamiento
cívico-militar fue en su origen un movimiento nacional de defensa de los principios
fundamentales de toda sociedad civilizada; en su desarrollo, lo ha sido contra la anarquía
coaligada con las fuerzas al servicio de un gobierno que no supo o no quiso titular aquellos
principios.
Consecuencia de esta afirmación son las conclusiones siguientes:
Primera: Que la Iglesia, a pesar de su espíritu de paz, y de no haber querido la guerra ni haber
colaborado en ella, no podía ser indiferente en la lucha: se lo impedía su doctrina y su espíritu
el sentido de conservación y la experiencia de Rusia. De una parte se suprimía a Dios, cuya
obra a de realizar la Iglesia en el mundo, y se causaba a la misma un daño inmenso, en
personas, cosas y derechos, como tal vez no la haya sufrido institución alguna en la historia;
de la otra, cualesquiera que fuesen los humanos defectos, estaba el esfuerzo por la
conservación del viejo espíritu, español y cristiano.
Segunda: La Iglesia, con ello, no ha podido hacerse solidaria de conductas, tendencias o
intenciones que, en el presente o en lo porvenir, pudiesen desnaturalizar la noble fisonomía
del movimiento nacional, en su origen, manifestaciones y fines.
Tercera: Afirmamos que el levantamiento cívico-militar ha tenido en el fondo de la conciencia
popular de un doble arraigo: el del sentido patriótico, que ha visto en él la única manera de
levantar a España y evitar su ruina definitiva; y el sentido religioso, que lo consideró como la
fuerza que debía reducir a la impotencia a los enemigos de Dios, y como la garantía de la
continuidad de su fe y de la práctica de su religión.
http://www.mercaba.org/CEE/carta_colectiva_del_episcopado_e.htm 30/06/2008Cuarta: Hoy, por hoy, no ha en España más esperanza para reconquistar la justicia y la paz y
los bienes que de ellas deriva, que el triunfo del movimiento nacional. Tal vez hoy menos que
en los comienzos de la guerra, porque el bando contrario, a pesar de todos los esfuerzos de
sus hombres de gobierno, no ofrece garantías de estabilidad política y social.
6º. Caracteres de la revolución comunista
Puesta en marcha la revolución comunista, conviene puntualizar sus caracteres. Nos ceñimos
a las siguientes afirmaciones, que derivan del estudio de hechos plenamente probados,
muchos de los cuales constan en informaciones de toda garantía, descriptivas y gráficas, que
tenemos a la vista. Notamos que apenas hay información debidamente autorizada más que del
territorio liberado del dominio comunista. Quedan todavía bajo las armas del ejército rojo, en
todo o parte, varias provincias; se tiene aún escaso conocimiento de los desmanes cometidos
en ellas, los más copiosos y graves.
Enjuiciando globalmente los excesos de la revolución comunista española afirmamos que en la
historia de los pueblos occidentales no se conoce un fenómeno igual de vesania colectiva, ni
un cúmulo semejante, producido en pocas semanas, de atentados cometidos contra los
derechos fundamentales de Dios, de la sociedad y de la persona humana. Ni sería fácil,
recogiendo los hechos análogos y ajustando sus trazos característicos para la composición de
figuras crimen, hallar en la historia una época o un pueblo que pudieran ofrecernos tales y
tantas aberraciones. Hacemos historia, sin interpretaciones de carácter psicológico o social,
que reclamarían particular estudio. La revolución anárquica ha sido 'excepcional en la historia'.
Añadimos que la hecatombe producida en personas y cosas por la revolución comunista fue
'premeditada'. Poco antes de la revuelta habían llegado de Rusia 79 agitadores
especializados. La Comisión Nacional de Unificación Marxista, por los mismos días ordenaba
la constitución de las milicias revolucionarias en todos los pueblos. La destrucción de las
iglesias, o a lo menos, de su ajuar, fue sistemática y por series. En el breve espacio de un mes
se habían inutilizado todos los templos para el culto. Ya en 1931 la Liga Atea tenía en su
programa un articulo que decía: 'Plebiscito sobre el destino que hay que dar a las iglesias y
casas parroquiales'; y uno de los Comités provinciales daba esta norma: 'El local o locales
destinados hasta ahora al culto destinarán a almacenes colectivos, mercados públicos,
bibliotecas populares, casas de baños o higiene pública, etc.; según convenga a las
necesidades de cada pueblo'. Para la eliminación de personas destacadas que se
consideraban enemigas de la revolución se habían formado previamente las "listas negras" .
En algunas, y en primer lugar, figuraba el Obispo. De los sacerdotes decía un jefe comunista,
ante la actitud del pueblo que quería salvar a su párroco: "Tenemos orden de quitar toda su
semilla".
Prueba elocuentísima de que de la destrucción de los templos y la matanza de los sacerdotes,
en forma totalitaria fue cosa premeditada, es su número espantoso. Aunque son prematuras
las cifras, contamos unas 20.000 iglesias y capillas destruidas o totalmente saqueadas. Los
sacerdotes asesinados, contando un promedio del 40 por 100 en las diócesis desbastadas en
algunas llegan al 80 por 100 sumarán, sólo del clero secular, unos 6.000. Se les cazó con
perros, se les persiguió a través de los montes; fueron buscados con afán en todo escondrijo.
Se les mató sin perjuicio las más de las veces, sobre la marcha, sin más razón que su oficio
social.
Fue "cruelísima" la revolución. Las formas de asesinato revistieron caracteres de barbarie
horrenda. En su número: se calculan en número superior de 300.000 los seglares que han
sucumbido asesinados, sólo por sus ideas políticas y especialmente religiosas: en Madrid, y en
los tres meses primeros, fueron asesinados más de 22.000. Apenas hay pueblo en que no se
haya eliminado a los más destacados derechistas. Por la falta de forma: sin acusación, sin
pruebas, las más de las veces sin juicio. Por los vejámenes: a muchos se les han amputado
los miembros o se les ha mutilado espantosamente antes de matarlos; se les han vaciados los
ojos, cortado la lengua, abierto en canal, quemado o enterrado vivos, matado a hachazos. La
crueldad máxima se ha ejercido en los ministros de Dios. Por respeto y caridad no queremos
puntualizar más.
La revolución fue "inhumana". No se ha respetado el pudor de la mujer, ni aún la consagrada a
http://www.mercaba.org/CEE/carta_colectiva_del_episcopado_e.htm 30/06/2008Dios por sus votos. Se han profanado las tumbas y cementerios. En el famoso monasterio
románico de Ripoll se han destruido los sepulcros, entre los que había el de Wifredo el
Velloso, conquistador de Cataluña, y el del Obispo Morgades, restaurador del célebre cenobio.
En Vich se ha profanado la tumba del gran Balmes y leemos que se ha jugado al fútbol con el
cráneo del gran Obispo Torras y Bages. En Madrid y en el cementerio viejo de Huesca se han
abierto centenares de tumbas para despojar a los cadáveres del oro de sus dientes o de sus
sortijas. Algunas formas de martirio suponen la subversión o supresión del sentido de
humanidad.
La revolución fue "bárbara", en cuanto destruyó la obra de civilización de siglos. Destruyó
millares de obras de arte, muchas de ellas de fama universal. Saqueó o incendió los archivos
imposibilitando la rebusca histórica y la prueba instrumental de los hechos jurídico y social.
Quedan centenares de telas pictóricas acuchilladas (pf), de esculturas mutiladas, de maravillas
arquitectónicas para siempre deshechas. Podemos decir que el caudal de arte, sobre todo
religioso, acumulado en siglos, ha sido estúpidamente destrozado en unas semanas, en las
regiones dominadas por los comunistas. Hasta el Arco de Bará, en Tarragona, obra romana
que había visto veinte siglos, llevó la dinamita su acción destructora. Las famosas colecciones
de arte de la Catedral de Toledo, del Palacio de Liria, del Museo del Prado, han sido
torpemente expoliadas. Numerosas bibliotecas han desaparecido. Ninguna guerra, ninguna
invasión bárbara, ninguna conmoción social, en ningún tiempo: una organización sabia, puesta
al servicio de un terrible propósito de aniquilamiento, concentrado contra las cosas de Dios, y
los modernos medios de locomoción y destrucción al alcance de toda mano criminal.
Conculcó la revolución lo más elementales principios del "derecho de gentes". Recuérdense
las cárceles de Bilbao, donde fueron asesinado por las multitudes, en forma inhumana,
centenares de presos, las represalias cometidas en los rehenes custodiados en buques y
prisiones, sin más razón que un contratiempo de guerra; los asesinatos en masa, atados los
infelices prisioneros e irrigados con el chorro de balas de las ametralladoras; el bombardeo de
ciudades indefensas, sin objetivo militar.
La revolución fue esencialmente 'antiespañola'. La obra destructora se realizó a los giros de
"¡Viva Rusia!", a la sombra de la bandera internacional comunista. Las inscripciones murales,
la apología de personajes forasteros, los mandos militares en manos de jefes rusos, el expolio
de la nación a favor de extranjeros, el himno internacional comunista, son prueba sobrada del
odio al espíritu nacional y al sentido de patria.
Pero, sobre todo, la revolución fue "anticristiana". No creemos que en la historia del
Cristianismo y en el espacio de unas semanas se haya dado explosión semejante, en todas
las formas de pensamiento, de voluntad y de pasión, del odio contra Jesucristo y su religión
sagrada. Tal ha sido el sacrilegio estrago que ha sufrido la Iglesia en España, que el delegado
de los rojos españoles enviado al Congreso de los "sin - Dios", en Moscú, pudo decir: "España
ha superado en mucho la obra de los Soviets, por cuanto la Iglesia en España ha sido
completamente aniquilada".
Contamos los mártires por millares; su testimonio es una esperanza para nuestra pobre patria;
pero casi no hallaríamos en el Martirologio romano una forma de martirio no usada por el
comunismo, sin exceptuar la crucifixión; y en cambio hay formas nuevas de tormento que han
consentido las sustancias y máquinas modernas.
El odio a Jesucristo y a la Virgen ha llegado al paroxismo, y en los centenares de Crucifijos
acuchillados, en las imágenes de la Virgen bestialmente profanadas, en los pasquines de
Bilbao en que se blasfemaba sacrílegamente de la Madre de Dios, en la infame literatura de
las trincheras rojas, en que se ridiculizan los divinos misterios, en la reiterada profanación de
las Sagradas Formas, podemos adivinar el odio del infierno encarnado en nuestros infelices
comunista. "Tenía jurado vengarme de ti" - le decía uno de ellos al Señor encerrado en el
Sagrario; y encañonado la pistola disparó contra él, diciendo: "Ríndete a los rojos; ríndete al
marxismo".
Ha sido espantosa la profanación de las sagradas reliquias: han sido destrozados o quemados
los cuerpos de San Narciso, San Pascual Bailón, la Beata Beatriz de Silva, San Bernardo
Calvó y otros. Las formas de profanación son inverosímiles, y casi no se conciben sin
subestación diabólica. Las campanas han sido destrozadas y fundidas. El culto, absolutamente
suprimido en todo el territorio comunista, si se exceptúa una pequeña porción del norte. Gran
http://www.mercaba.org/CEE/carta_colectiva_del_episcopado_e.htm 30/06/2008número de templos. Entre ellos verdaderas joyas de arte, han sido totalmente arrasados: en
esta obra inicua se ha obligado a trabajar a pobres sacerdotes. Famosas imágenes de
veneración secular han desaparecido para siempre, destruidas o quemadas. En muchas
localidades la autoridad ha obligado a los ciudadanos a entregar todos los objetos religiosos
de su pertenencia para destruirlos públicamente: pondérese lo que esto representa en el orden
del derecho natural, de los vínculos de familia y de la violencia hecha a la conciencia cristiana.
Nos seguimos, venerables Hermanos, en la crítica de la actuación comunista en nuestra
patria, y dejamos a la historia la fiel narración de los hechos en ella acontecidos. Si se nos
acusaran de haber señalado en forma tan cruda estos estigmas de nuestra revolución, nos
justificaríamos con el ejemplo de San Pablo, que no duda en vindicar con palabras tremendas
la memoria de los profetas de Israelí que tiene durísimos calificativos para los enemigos de
Dios; o con el de nuestro Santísimo Padre que, en su Encíclica sobre el Comunismo ateo
habla de "una destrucción tan espantosa, llevada a cabo, en España, con un odio, una
barbarie y una ferocidad que no se hubiese creído posible en nuestro siglo".
Reiteramos nuestra palabra de perdón para todos y nuestro propósito de hacerles el bien
máximo que podamos. Y cerramos este párrafo con estas palabras del "Informe Oficial" sobre
las ocurrencias de la revolución en sus tres primeros meses: "No se culpe al pueblo español
de otra cosa más que de haber servido el instrumento para la perpetración de estos delitos"...
Este odio a la religión y a las tradiciones patrias, de las que eran exponente y demostración
tantas cosas para siempre perdidas, 'llegó de Rusia, exportando por orientales de espíritu
perverso'. En descargo de tantas víctimas, alucinadas por "doctrinas demonios", digamos que
al morir, sancionados por la ley, nuestros comunistas se han reconciliado en su inmensa
mayoría con el Dios de sus padres. En Mallorca han muerto impenitentes sólo un dos por
ciento; en las regiones del sur no más de un veinte por ciento, y en las del norte no llegan tal
vez al diez por ciento. Es prueba del engaño de que ha sido víctima nuestro pueblo.
7º. El movimiento nacional: sus caracteres
Demos ahora un esbozo del carácter del movimiento llamado "nacional". Creemos justa esta
denominación. Primero, por su espíritu; porque la nación española estaba disociada, en su
inmensa mayoría, de una situación estatal que no supo encarnar sus profundas necesidades y
aspiraciones; y el movimiento fue aceptado como una esperanza en toda la nación; en las
regiones no liberadas sólo espera romper la coraza de las fuerzas comunistas que le oprimen.
Es también nacional por su objetivo, por cuanto tiende a salvar y sostener para lo futuro las
esencias de un pueblo organizado en un Estado que sepa continuar dignamente su historia.
Expresamos una realidad y un anhelo general de los ciudadanos españoles; no indicamos los
medios para realizarlo.
El movimiento ha fortalecido el sentido de patria, contra el exotismo de las fuerzas que le son
contrarias. La patria implica una paternidad; es el ambiente moral, como de una familia
dilatada, en que logra el ciudadano su desarrollo total; y el movimiento nacional ha
determinado una corriente de amor que se ha concentrado alrededor del nombre y de la
sustancia histórica de España, con aversión de los elementos forasteros que nos acarrearon la
ruina. Y como el amor patrio, cuando se ha sobrenaturalizado por el amor de Jesucristo,
nuestro Dios y Señor, toca las cumbres de la caridad cristiana, hemos visto una explosión de
verdadera caridad que ha tenido su expresión máxima en la sangre de millares de españoles
que le han dado la grito de "¡Viva España!" "¡Viva Cristo Rey!"
Dentro del movimiento nacional se ha producido el fenómeno, maravilloso, del martirio -
verdadero martirio, como ha dicho el Papa - de millares de españoles, sacerdotes, religiosos y
seglares; y este testimonio de sangre deberá condicionar en lo futuro, so pena de inmensa
responsabilidad política, la actuación de quienes, depuestas las armas, hayan de construir el
nuevo estado en el sosiego de la paz.
El movimiento ha garantizado el orden en el territorio por él dominado. Contraponemos la
situación de las regiones en que ha prevalecido el movimiento nacional a las denominadas aún
por los comunistas. De estas puede decirse la palabra del Sabio: "Ubi non est gubernatur,
dissipabitur populus"; sin sacerdotes, sin templos, sin culto, sin hambre y la miseria. En
cambio, en medio del esfuerzo y del dolor terrible de la guerra, las otras regiones viven en la
tranquilidad del orden interno, bajo la tutela de una verdadera autoridad, que es el principio de
la justicia, de la paz y del progreso que prometen la fecundidad de la vida social. Mientras en
http://www.mercaba.org/CEE/carta_colectiva_del_episcopado_e.htm 30/06/2008la España marxista se vive sin Dios, en las regiones indemnes o reconquistadas se celebra
profusamente el culto divino y pululan y florecen nuevas manifestaciones de la vida cristiana.
Esta situación permite esperar un régimen de justicia y paz para el futuro. No queremos
aventurar ningún presagio. Nuestros males son gravísimos. La relajación de los vínculos
sociales; las costumbres de una política corrompida; el desconocimiento de los deberes
ciudadanos; la escasa formación de una conciencia íntegramente católica; la división espiritual
en orden a la solución de nuestros grandes problemas nacionales; la eliminación, por
asesinato cruel, de millares de hombres selectos llamados por su estado y formación a la obra
de la reconstrucción nacional; los odios y la escasez que son secuelas de toda guerra civil; la
ideología extranjera sobre el Estado, que tiende a descuajarle la idea y de las influencias
cristianas; serán dificultada enorme para hacer una España nueva injertada (pf) en el tronco de
nuestra vieja historia y vivificada por su savia. Pero tenemos la esperanza de que,
imponiéndose con toda su fuerza el enorme sacrificio realizado, encontraremos otra vez
nuestro verdadero espíritu nacional. Entramos en él paulatinamente por una legislación en que
predomina el sentido cristiano en la cultura, en la moral, en la justicia social y en el honor y
culto que se debe a Dios.
Quiera Dios ser en España el primer bien servido, condición esencial para que la nación sea
verdaderamente bien servida.
8º. Se responde a unos reparos
No llenaríamos el fin de esta Carta, Venerables Hermanos, si no respondiéramos a algunos
reparos que se nos han hecho desde el extranjero.
Se ha acusado a la Iglesia de haberse defendido contra un movimiento popular haciéndose
fuerte en sus templos y siguiéndose de aquí la matanza de sacerdotes y la ruina de las
iglesias. - Decimos que no. La irrupción contra los templos fue súbita, casi simultánea en todas
las regiones, y coincidió con la matanza de sacerdotes. Los templos ardieron porque eran
casas de Dios, y los sacerdotes fueron sacrificados porque eran ministros de Dios. La prueba
es copiosísima. La Iglesia no ha sido agresora. Fue la primera bienhechora del pueblo,
inculcando la doctrina y fomentando las obras de justicia social. Ha sucumbido - donde ha
dominado el comunismo anárquico - víctima inocente, pacífica, indefensa.
Nos requieren del extranjero para que digamos si es cierto que la iglesia en España era
propietaria del tercio del territorio nacional, y que el pueblo se ha levantado para librarse de su
opresión.- Es acusación ridícula. La Iglesia no poseía más que pocas e insignificantes
parcelas, casas sacerdotales y de educación, y hasta de esto se había útilmente incautado el
Estado. Todo lo que posee la Iglesia en España no llenaría la cuarta parte de sus
necesidades, y responde a sacratísimas obligaciones.
Se le imputa a la Iglesia la nota de temeridad y partidismo la mezclarse en la contienda que
tiene dividida a la nación.- La Iglesia se ha puesto siempre del lado de la justicia y de la paz, y
ha colaborado con los poderes del Estado, en cualquier situación, al bien común. No se ha
atado a nadie, fuesen partidos, personas o tendencias. Situada por encima de todos y de todo,
ha cumplido sus deberes de adoctrinar y exhortar a la caridad, sintiendo pena profunda por
haber sido perseguida y repudiada por gran número de sus hijos extraviados. Apelamos a los
copiosos escritos y hechos que abonan estas afirmaciones.
Se dice que esta guerra es de clases, y que la Iglesia se ha puesto del lado de los ricos.-
Quienes conocen sus causas y naturaleza saben que no. Que aun reconociendo algún
descuido en el cumplimiento de los deberes de justicia y caridad, que la iglesia ha sido la
primera en urgir, las clases trabajadoras estaban fuertemente protegidas por la ley, y la nación
había entrado por el franco camino de una mejor distribución de la riqueza. La lucha de clases
es más virulenta en otros países que en España. Precisamente en ella se ha librado de la
guerra horrible gran parte de las regiones más pobres, y se ha ensañado más donde ha sido
mayor el coeficiente de la riqueza y del bienestar del pueblo. Ni pueden echarse en el olvido
nuestra avanzada legislación social y nuestras prósperas instituciones de beneficencia y
asistencia pública y privada, de abolengo español, y cristiano. El pueblo fue engañado con
promesas irrealizables, incompatibles no sólo con la vida económica del país, sino con
cualquier clase (pf) de vida económica organizada. Aquí está la bienandanza de las regiones
indemnes, y la miseria, que se adueñó ya de las que han caído bajo el dominio comunista.
http://www.mercaba.org/CEE/carta_colectiva_del_episcopado_e.htm 30/06/2008La guerra de España, dice, no es más que un episodio de la lucha universal entre la
democracia y el estatismo; el triunfo del movimiento nacional llevará a la nación a la esclavitud
del Estado. La Iglesia de España - leemos en una revista extranjera - ante el dilema de la
persecución por el Gobierno de Madrid o la servidumbre a quienes representan tendencias
políticas que nada tiene de cristiano, ha optado por la servidumbre.- No es éste el dilema que
se ha planteado a la Iglesia en nuestro país, sino éste: La iglesia, antes de perecer totalmente
en manos del comunismo, como ha ocurrido en las regiones por él dominadas, se siente
amparada por un poder que hasta ahora ha garantizado los principios fundamentales de toda
sociedad, sin miramiento ninguno a sus tendencias políticas.
Cuanto a lo futuro, no podemos predecir lo que ocurrirá al final de la lucha. Si que afirmamos
que la guerra no se ha emprendido para levantar un Estado autócrata sobre una nación
humillada, sino para que resurja el espíritu nacional con la pujanza y la libertad cristiana de los
tiempos viejos. Confiamos en la prudencia de los hombres de gobierno, que no querrán
aceptar moldes extranjeros para la configuración del Estado español futuro, sino que tendrán
en cuenta las exigencias de la vida íntima nacional y la trayectoria marcada por los siglos
pasados. Toda sociedad bien ordenada basa sobre principios profundos y de ellos vive, no de
aportaciones adjetivas y extrañas, discordes con el espíritu nacional. La vida es más fuerte
que lo programas, y un gobernante prudente no impondrá un programa que violente las
fuerzas íntimas de la nación. Seríamos los primeros en lamentar que la autocracia
irresponsable de un parlamento fuese sustituida por la más terrible de una dictadura
desarraigada de la nación. Abrigamos la esperanza legítima de que no será así. Precisamente
lo que ha salvado a España en el gravísimo momento actual ha sido la persistencia de los
principios seculares que han informado nuestra vida y el hecho de que un gran sector de la
nación se alzara para defenderlos. Sería un error quebrar la trayectoria espiritual del país, y no
es de creer que se caiga en él.
Se imputan a los dirigentes del movimiento nacional crímenes semejantes a los cometidos por
los del Frente Popular. "El ejército blanco, leemos en acreditada revista católica extranjera,
recurre a medios injustificado, contra los que debemos protestar... El conjunto de
informaciones que tenemos indica que el terror blanco reina en la España nacionalista con
todo el horror que representan casi todos los terrores revolucionarios... Los resultados
obtenidos parecen despreciables al lado del desarrollo de crueldad metódicamente organizada
de que hacen prueba las tropas". - El respetable articulista está malísimamente informado.
Tiene toda guerra sus excesos; los habrá tenido, sin duda, el movimiento nacional; nadie se
defiende con total serenidad de las cosas arremetidas de un enemigo sin entrañas.
Reprobando en nombre de la justicia y de la caridad cristianas todo exceso que se hubiese
cometido, por error o por gente subalterna y que metódicamente ha abultado la información
extranjera, decimos que el juicio que rectificamos no responde a la verdad, y afirmamos que va
una distancia enorme, infranqueable, y entre los principios de justicia, de su administración y
de la forma de aplicarla entre una y otra parte. Más bien diríamos que la justicia del Frente
Popular ha sido una historia horrible de atropellos a la justicia, contra Dios, la sociedad y los
hombres. No puede haber justicia cuando se elimina a Dios, principio de toda justicia. Matar
por matar, destruir por destruir; expoliar al adversario no beligerante, como principio de
actuación cívica y militar, he aquí lo que se puede afirmar de los unos con razón y no se puede
imputar a los otros sin injusticia.
Dos palabras sobre le problema de nacionalismo vasco, tan desconocido y falseado y del que
se ha hecho arma contra el movimiento nacional.- Toda nuestra admiración por las virtudes
cívicas y religiosas de nuestros hermanos vascos. Toda nuestra caridad por la gran desgracia
que les aflige, que consideramos nuestra, porque es de la patria. Toda nuestra pena por la
ofuscación que han sufrido sus dirigentes en un momento grave de su historia. Pero toda
nuestra reprobación por haber desoído la voz de la Iglesia y tener realidad en ellos las
palabras del Papa en su Encíclica sobre el comunismo: "Los agentes de destrucción, que no
son tan numerosos, aprovechándose de estas discordias (lo de los católicos), las hacen más
estridentes, y acaban por lanzar a la lucha a los católicos los unos a los otros. - "Los que
trabajando por aumentar las disensiones entre católicos toman sobre sí una terrible
responsabilidad, ante Dios y ante la Iglesia". - "El comunismo es intrínsecamente perverso, y
no se puede admitir que colaboren con él, en ningún terreno, los que quieren salvar la
civilización cristiana". - "Cuanto las regiones, donde el comunismo consigue penetrar, más se
distingan por la antigüedad y grandeza de su civilización cristiana, tanto más devastador se
manifestará allí el odio de los 'sin - Dios'".
http://www.mercaba.org/CEE/carta_colectiva_del_episcopado_e.htm 30/06/2008En una revista extranjera de gran circulación se afirma que el pueblo se ha separado en
España del sacerdote porque éste se recluta en la clase señoril; y que no quiere bautizar a sus
hijos por los crecidos derechos de administración del Sacramento.- A lo primero respondemos
que las vocaciones en los distintos Seminarios de España están reclutados en la siguiente
forma: Número total de seminaristas en 1935: 7401; nobles, 6; ricos, con un capital superior de
10.000 pesetas, 115; pobres, o casi pobres, 7280. A lo segundo, que antes del cambio de
régimen no llegaban los hijos de padres católicos no bautizados al uno por diez miel; el arancel
es modicísimo, y nulo para los pobres.
9º. Conclusión
Cerramos, Venerables Hermanos, esta ya larga Carta rogándonos nos ayudéis a lamentar la
gran catástrofe nacional de España, en que se han perdido, con la justicia y la paz,
fundamento del bien común y de aquella vida virtuosa de la Ciudad de que nos habla el
Angélicos, tantos valores de civilización y de vida cristiana. El olvido de la verdad y de la virtud,
en el orden político, económico y social, nos ha acarreado esta desgracia colectiva. Hemos
sido mal gobernados, porque, como dice Santo Tomás, Dios hace reinar le hombre hipócrita
por causa de los pecados del pueblo.
A vuestra piedad, añadid la caridad de vuestras oraciones y las de vuestros fieles; para que
aprendamos la lección del castigo con que Dios nos ha probado: para que se reconstruya
pronto nuestra patria y pueda llenar sus destinos futuros , de que son presagio los que ha
cumplido en siglos anteriores; para que se contenga , con el esfuerzo y las oraciones de todos,
esta inundación de comunismo que tiende a anular al Espíritu de Dios y al espíritu hombre,
únicos polos que han sostenido las civilizaciones que fueron.
Y completad vuestra obra con la caridad de la verdad sobre las cosas de España. "Non est
addenda afflictio afflictis"; a la pena por lo que sufrimos se ha añadido la de no haberse
comprendido nuestros sufrimientos. Más, la de aumentarlos con la mentira, con la insidia, con
la interpretación torcida de los hechos. No se nos ha hechos siquiera el honor de
considerarnos víctimas. La razón y la justicia se han pesado en lamisca balanza que la
sinrazón u la injusticia, tal vez la mayor que han visto los siglos. Se ha dado el mismo crédito
al periódico asalariado, al folleto procaz o al escrito del español prevaricador, que ha
arrastrado por el mundo con vilipendio el nombre de su madre patria, que a la voz de los
Prelados, al concienzudo estudio del moralista o a la relación auténtica del cúmulo de hechos
que son afrenta de la humana historia. Ayudadnos a difundir la verdad. Sus derechos sin
imprescriptibles, sobre todo cuando se trata del honor de un pueblo, de los prestigios de la
Iglesia, de la salvación del mundo. Ayudadnos con la divulgación del contenido de estas
Letras, vigilando la prensa y la propaganda católica, rectificando los errores de la indiferente o
adversa. El hombre enemigo ha sembrado copiosamente la cizaña: ayudadnos a sembrar
profusamente la buena semilla.
Consentidnos una declaración última. Dios sabe que amamos en las entrañas de Cristo y
perdonamos de todo corazón a cuantos, sin saber lo que hacían, han inferido daño gravísimo
a la Iglesia y a la Patria. Son hijos nuestros. Invocamos ante Dios y a favor de ellos los méritos
de nuestros mártires, de los diez Obispos y de los miles de sacerdotes y católicos que
murieron perdonándoles, así como el dolor, como de mar profundo, que sufre nuestra España.
Rogad para que en nuestra patria se extingan los odios, se acerquen las almas y volvamos a
ser todos unos en los vínculos de la caridad. Acordaos de nuestros Obispos asesinados, de
tantos millares de sacerdotes, religiosos y seglares selectos que sucumbieron sólo porque las
milicias escogida de Cristo; y pedid al Señor que dé fecundidad a su sangre generosa. De
ninguno de ellos se sabe que claudicara en la hora del martirio; por millares dieron altísimos
ejemplos de heroísmo. Es gloria inmarcesible de nuestra España. Ayudadnos a orar, y sobre
nuestra tierra, regada hoy con sangre de hermanos, brillará otra vez el iris de la paz cristiana y
se reconstruirán a la par nuestra Iglesia, tan gloriosa, y nuestra Patria, tan fecunda,
Y que la paz del Señor sea con todos nosotros, ya que nos ha llamado a todos a la gran obra
de la paz universal, que es el establecimiento del Reino de Dios en el mundo por la edificación
del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, de la que nos ha constituido Obispos y Pastores.
Os escribimos desde España, haciendo memoria de los Hermanos difuntos y ausentes de la
patria, en la fiesta de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, 1º de Julio de 1937
http://www.mercaba.org/CEE/carta_colectiva_del_episcopado_e.htm 30/06/2008 ISIDRO, Card. GOMÁ Y TOMÁS, Arzobispo de Toledo;  EUSTAQUIO, Card. ILUNDAIN Y
ESTEBAN, Arzobispo de Sevilla;  PRUDENDIO, Arzobispo de Valencia;  MANUEL,
Arzobispo de Burgos;  RIGOBERTO, Arzobispo de Zaragoza;  TOMAS, Arzobispo de
Santiago;  AGUSTIN, Arzobispo de Granada, Administrador Apostólico de Almería, Guadix y
Jaén;  ADOLFO, Obispo de Córdoba, Administrador Apostólico del Obispado Priorato de
Ciudad Real;  JOSÉ, Arzobispo-Obispo de Mallorca;  LEOPOLDO, Obispo de MadridAlcalá;  MANUEL, Obispo de Palencia; ENRIQUE, Obispo de Salamanca;  VALENTIN,
Obispo de Solsona;  JUSTINO, Obispo de Urgel;  MIGUEL DE LOS SANTOS, Obispo de
Cartagena;  FIDEL, Obispo de Calahorra;  FLORENCIO, Obispo de Orense;  RAFAEL,
Obispo de Lugo;  FELIX, Obispo de Tortosa;  FR. ALBINO, Obispo de Tenerife;  JUAN,
Obispo de Jaca;  JUAN, Obispo de Vich;  NICANOR, Obispo de Tarazona, Administrador
Apostólico de Tudela;  JOSÉ, Obispo de Santander;  FELICIANO, Obispo de Plasencia;
ANTONIO, Obispo de Quersoneso de Creta, Administrador Apostólico de Ibiza;  LUCIANO,
Obispo de Segovia;  MANUEL, Obispo de Zamora;  MANUEL, Obispo de Curio,
Administrador Apostólico de Ciudad Rodrigo;  LINO, Obispo de Huesca;  ANTONIO,
Obispo de Tuy;  JOSÉ MARIA, Obispo de Badajoz;  JOSÉ, Obispo de Gerona; JUSTO,
Obispo de Oviedo;  FR. FRANCISCO, Obispo de Coria;  BENAJAMIN, Obispo de
Mondoñedo;  TOMÁS, Obispo de Osma;  FR. ANSELMO, Obispo de Teruel-Albarracín;
SANTOS, Obispo de Avila;  BALBINO, Obispo de Málaga;  MARCELINO, Obispo de
Pamplona;  ANTONIO, Obispo de Canarias; HILARIO YABEN. Vicario Capitular de
Sigüenza; EUGENIO DOMAICA, Vicario Capitular de Cádiz; EMILIO F. GARCÍA, Vicario
Capitular de Ceuta;  FERNANDO ALVAREZ, Vicario Capitular de León;  JOSÉ ZURITA, Vicario Capitular de Valladolid.


    

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